Una odisea en el camino

Estás camino al laburo, medio dormido. Utilizas esa finita lucidez matutina, previa al café doble de la oficina, para evitar pisar la, siempre presente, baldosa floja de la vereda que salpicará el charco de agua viscosa sobre la botamanga del pantalón y los zapatos lustrados. Aun así mordés la bronca, alzás la muñeca y das cuenta en el reloj que  falta diez minutos para la reunión con tu jefe. Una adrenalina corre por tu cuerpo en el transcurso de esta “odisea” que, se le suma, como cereza al postre, un corte en plena calle por manifestaciones.

Los piquetes, “un hábito que no permite accesos”. Son reclamos justos (a veces no) que perjudican la vida diaria de quien transita el  microcentro porteño. Todo ciudadano tiene derecho a reclamar, es indiscutible. Pero ¿es esa la manera? Privar los conciudadanos del tiempo, perder una clase en la facultad, el presentismo en la empresa. Son capaces de utilizar la violencia, encapucharse e increpar a la autoridad y a la gente que cumple con sus responsabilidades diarias.

Estos cortes son organizados en su mayoría, no por los trabajadores, en algunos gremios de fuste son “matones” contratados para llevar a cabo el tumulto, sino, no se explica el hecho de portar palos y ocultar el rostro.

Corrientes y Callao, un punto ideal para complicar la vida del pueblo, agitando palos y  bombos al son del fastidio. Aunque no es la única esquina, muchas veces en simultáneo ejercen cortes los otros gremios sobre puntos neurálgicos y la ciudad se convierte en un calabozo al aire libre.

En el año 2009 se debatió incansablemente el proyecto de Ley Antipiquetes, fuertes disputas entre el oficialismo y la oposición por crear un cuerpo exclusivo en restablecer el orden (División Anti piquetes). Debemos imaginar lo siguiente: cuando estos grupos de matones encapuchados, con palos, sientan el accionar de un grupo “especializado” sobre ellos, surgirán los enfrentamientos y vos que no tenés nada que ver podrías ser una víctima de represión policial o agresión física de los matones.

Eduardo Pérez G.